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15 abril 2014

LA PROPIA INFANCIA

La propia infancia

  • 26 octubre, 2013
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  • Alguna vez tendremos que reconocer la infancia real que hemos experimentado. Especialmente la distancia que hay entre aquello que nos aconteció y aquello que creemos recordar. El nivel de desamparo, soledad, desarraigo, violencia, abuso, mentiras, engaños, castigos o incomprensión al que hemos estado sometidos, va a marcar a fuego el modo en que hemos logrado sobrevivir en términos emocionales. Si no tenemos un panorama claro sobre las experiencias de nuestra niñez, difícilmente podamos comprender aquello que nos acontece hoy en día. Es indispensable que recordemos exactamente qué es lo que nuestra madre esperaba de nosotros. Qué hemos hecho con tal de ser amados. Hasta qué punto hemos entregado nuestros tesoros para satisfacción de los mayores. Precisamos registrar sensaciones sutiles, anhelos, fantasías, miedos o sueños inalcanzables para abordar una parte de ese niño que fuimos y del que hoy casi no quedan huellas. ¿Qué pasa si no tenemos ningún recuerdo? Es frecuente. El olvido es un recurso fabuloso de la consciencia. Si cuando fuimos niños, hemos vivido situaciones demasiado dolorosas (abandono por parte de nuestra madre, desprecio, falta de amor, exigencias desmedidas, soledad o lo que sea) la conciencia “olvidará” esas escenas. Una vez borradas, podremos seguir viviendo. Sin embargo, las experiencias no desaparecen, sino que se alojan en un lugar invisible, que Freud llamó el “inconsciente” y que luego Jung llamó la “sombra”. Ese “lugar invisible” podemos imaginarlo como el “detrás del telón” del escenario de un teatro. Desde ese sitio escondido, hacen estragos. Por eso es importante –cuando estamos atravesando alguna crisis vital- tratar de recuperar “esos” recuerdos que traen información muy valiosa sobre lo que nos sucedió. Y reflexionar también sobre qué es lo que hicimos a partir de eso que nos sucedió. ¿Es importante recordar esas cosas? Sí, claro. Tan importante como caminar por las calles sin tener los ojos vendados. Andar ciegos respecto a todo aquello que nos ha acontecido nos deja inválidos. Por lo tanto, expuestos a todo tipo de accidentes emocionales.  ¿Sirve evocar la propia infancia cuando tenemos hijos? Más que nunca. Porque no podremos comprender, percibir ni compadecer a un hijo; si antes no hemos retomado el contacto íntimo con el niño que hemos sido.

Laura Gutman

25 abril 2013

SENTIRSE AMADOS DE NIÑOS ES....

Sentirse amado de chico es clave para un futuro líder

11/02/13
Los adultos proyectamos grandes expectativas sobre el futuro de los niños. Nos importan básicamente dos áreas: que sean felices y que tengan éxito. Sobre la felicidad –al ser una idea tan difusa– preferimos confiar en que simplemente sucederá. En lo concerniente al éxito, suponemos que va asociado al liderazgo y que habrá que enseñarles algo concreto al respecto. Sin embargo, el verdadero líder es aquel que despliega su fuego interior a favor de un objetivo. Es alguien que confía en su propia intuición y que es compasivo con los demás, al punto de saber cómo extraer de cada individuo las virtudes ocultas. Ese nivel de seguridad, visión, plenitud y alegría no se enseña, sino que se experimenta en el devenir cotidiano. ¿Cómo? Sintiéndonos amados cuando fuimos niños. Sabiéndonos valiosos a ojos de nuestros padres por ser quienes somos. La seguridad y la confianza básicas se adquieren –o no– durante la primera infancia, en la medida que obtengamos un alto nivel de presencia, disponibilidad, amparo, atención, comprensión, cuidados y palabras prodigadas por adultos maduros y altruistas. Si obtenemos cada día aquello que necesitamos y si nuestros padres permanecen cerca de nuestro universo emocional –traduciendo la complejidad de las experiencias vitales– sencillamente creceremos seguros y sabremos que nadie puede quitarnos nada. El hecho de sentirnos amados nadie nos lo podrá robar. Por eso al llegar a adultos, nos convertiremos espontáneamente en líderes, teniendo todo para derramar en el prójimo: objetividad, creatividad, fuerza, voluntad, energía y eficacia. Y algo más: seremos capaces de pensar más en el otro que en nosotros mismos, porque sabremos fehacientemente que no necesitaremos nada. Comprenderemos el punto de vista del otro. Honraremos las diferencias porque no precisaremos defender ni nuestras ideas ni nuestras certezas. Si pretendemos que nuestros hijos se conviertan en líderes, ahora es el momento para amarlos, acariciarlos, dedicarles tiempo, escucha e interés genuino. La ternura y el amor los convertirá en individuos conectados con su propio destino.
*Escritora y terapeuta familiar Laura Gutman

16 octubre 2012

Cómo saber si mi hijo está bien?


Cómo saber si mi hijo está bien?

Por Laura Gutman  | Para LA NACION

Las madres modernas queremos hacer lo correcto y tomamos decisiones razonables. Sin embargo, solemos desatender nuestras intuiciones espontáneas. ¿Por qué muchas madres no sentimos "desde la panza" lo que les pasa a nuestros hijos? Porque nuestra capacidad de protegerlo y ampararlo depende de la represión sexual que hemos vivido a lo largo de nuestra vida, del desamparo en el que hemos permanecido sometidas durante nuestra infancia y de la moral, el autoritarismo afectivo y la rigidez que aún hoy persisten y son parte de nuestra manera de ser.
Es decir, una vez que tenemos al niño real en brazos, nos encontraremos con nuestra capacidad o incapacidad para percibirlo, según nuestra historia emocional pasada, de la que generalmente no tenemos un claro registro. De todas maneras, la función maternante se puede aprender buscando referentes externos, siempre y cuando reconozcamos que nos resulta difícil responder a las señales del niño pequeño.
En todos los zoológicos del mundo, se sabe que cualquier mamífera hembra criada en cautiverio tendrá pocas chances de concebir y dar a luz a su cría. Luego -si lo logra- difícilmente "la reconozca" como propia y, posiblemente, tenga dificultades para cuidarla y protegerla. Pero los cuidadores del zoológico la ayudarán, y la cría normalmente sobrevivirá.
Lamento estas comparaciones, pero a las mujeres nos sucede algo parecido: atravesamos los embarazos totalmente despojadas de nuestro saber interior y luego parimos en cautiverio. Atadas, pinchadas, amenazadas y apuradas. Entonces, inmediatamente después de producido el nacimiento, nos sucede que desconocemos a nuestra cría.
Las madres tenemos que hacer un esfuerzo intelectual para reconocer a ese hijo como propio, y luego más esfuerzos para calcular matemáticamente lo que está bien, lo que es adecuado, lo que es pertinente o lo que corresponde. ¡Pero con ese sistema nunca sabremos si hemos tomado la decisión acertada!
Justamente, el secreto está en la cercanía emocional, la intuición, la mirada interior y la vibración desde las entrañas. ¿Puede una madre tener una fluidez tan extraordinaria para responder intuitivamente a las necesidades del bebe? Sí, claro, ¡pero tiene que provenir de una infancia ideal!
Si hemos recibido suficiente amparo, contacto corporal, palabras cariñosas y disponibilidad emocional a lo largo de toda nuestra infancia, es mucho más probable que respondamos instintivamente a las demandas del niño pequeño. Caso contrario, necesitaremos apoyos externos que nos guíen hacia el amor y nos ayuden a conectar con el bebe real, quien nos avisa todo lo que le pasa..